Se esconde en el baño del primer piso.
Mira a los lados. Respira hondo.
En la puerta, otra le canta la zona.
Son las ocho en punto. Hay que entrar.
Las monjas vienen. Suena la campana.
Solo hubo tiempo para lo básico: compacto, rubor y brillo.
Guardan el Món-Rêve y el Valmy en el estuche de Maki-Club. Salen. Espléndidas.
Tienen quince años: ya pueden maquillarse.
Esa es la adrenalina de ver cómo tu rostro se transforma.
Los rasgos de niña te abandonan .
La forma en que el delineado resalta las pupilas blancas y los ojos avellanados.
El color azul cobalto de la sombra sobre el párpado hace que tu cabello sea el de una mujer.
“Eso es mucha sombra, Stefany José.”
“No se puede usar maquillaje en la escuela.”
“Solo vas donde la abuela, ¿de verdad necesitas pintura roja en los labios?”
Fueron unos largos años maquillándose a escondidas.
Trataba de que se dieran por vencidos: mi madre, las monjas, las tías y los tíos (como hombres, siempre tendrán opiniones sobre nosotras).
Pero no hay forma de ver el futuro; si la hubiese, nos habríamos ahorrado muchos dolores… ¿verdad?
Sin embargo, todo lo que sube tiene que bajar.
Veinte años después, el gusto por el color en las mejillas y los delineados negros cesó, casi por completo. Ahora el discurso es otro.
Mi madre, aunque a miles de kilómetros de distancia, cada vez que tiene una apertura en la pantalla, me dice: “Échate una pinturita”.
Hay pocas cosas que detesto en esta vida, y esa frase era una de ellas.
Antes la antagonizaba.
El maquillaje no define a una mujer, ni su peso, ni su ropa; somos más que eso, y ella más que nadie debería saberlo.
Aquí fueron otros años de peleas, esta vez en reverso.
Hasta que me llegó: ella también está viviendo el mundo por vez primera.
Entonces, ¿será que solo quiere que su hija se vea bien para el mundo?
Uno que es cruel y malvado, no importa dónde estés.
Pero, si te echas una pinturita, quizá no tanto.
Entender esto me costó mucho tiempo de lucha, de ver el subtexto de la frase.
Échate una pinturita es muchas cosas.
Sí, es hacerte el mejor cat-eye que puedas encontrar en un tutorial de YouTube, pero eso viene con una ventaja: tener la mejor cara aunque todo se derrumbe.
Incluso ella, con su mundo viniéndose abajo, tenía los labios sonrientes; y sí, siempre de rosa.
La idea de este texto nació hace dos días, cuando mi mamá volvió a decirme que me echara una pinturita.
Se lo conté a alguien… a un hombre.
El tema del maquillaje no lo entendió —no es su mundo—, pero como ser humano sí vio más allá, y entonces me recordó la siguiente escena.
En la película Atrápame si puedes (Catch Me If You Can) sucede lo siguiente:
Frank Abagnale Sr.: “¿Sabes por qué siempre ganan los Yankees, Frank?”
Frank Abagnale Jr.: “¿Por qué tienen a Mickey Mantle?”
Frank Abagnale Sr.: “No, es porque los otros equipos no pueden dejar de mirar esas malditas rayas.”
Hoy poseo unos dos labiales, una base, un concealer y también una camisa a rayas.
No los uso a diario; de hecho, la mayoría del tiempo se me olvida que están ahí.
Pero cada vez que ella me dice “Échate una pinturita”, me veo de nuevo en el espejo manchado del baño del primer piso.
Abro el estuche de maquillaje, relleno mis labios temblorosos con un tono nude y delineo los ojos que hace dos minutos lloraron.
Sonrío.
Me miro un momento y sé que mi cara está lista para el mundo.
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